Cada tarde allá en la estancia me asomaba al taller donde un hombre de dos metros y mirada serena ordenaba meticulosamente cada pieza de alguna máquina vencida en la cosecha. Era mi abuelo.
Al otro lado, la fragua de fuelle suspiraba un sonido que aún recuerdo. Lenta, pausadamente, me fue contando lo que sabía sobre metales.
Hoy que Don Pedro no está, sigo caldeando en cada pieza no sólo distintos aceros, emociones, valores, conocimientos heredados. Pero también la palabra inamovible y aquel apretón de manos con el amigo de toda la vida. ¡Gracias abuelo!
A mi esposa y a mis hijitos que me alentaron a vivir de lo que amo hacer: muchas gracias por tolerarme, cuidarme y apasionarse con cada creación.
A mis amigos artesanos que me recibieron en su mundo y de los cuales aprendo cada día.
Y a Victoria, la artista que dio vida a este sitio.
Muchas gracias a todos!
- Guillermo Mendoza -


